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Consumo y Socialismo: El fin del trabajo

“Yo”, me dijo una alumna en mi curso de economía en la Universidad de La Plata, “cuando escucho socialismo, me imagino a la gente lavando la ropa en el río”. Efectivamente, la propaganda capitalista identifica al reino burgués con la “sociedad de la abundancia” y al socialismo con el atraso. Como toda ideología, en ello hay parte de verdad y parte de mentira. Si no hubiera verdad en la mentira, no podría ser mentira. Efectivamente, el capitalismo ha desarrollado como ninguna otra sociedad las fuerzas productivas. Es lo más parecido a la “abundancia”. Como en toda sociedad de clases, la “abundancia” se distribuye muy desigualmente: medios increíbles en manos de unos pocos que pueden darse el lujo de pasar sus vacaciones en el espacio; miseria generalizada para las grandes mayorías. Del otro lado también hay verdad en la mentira: las experiencias socialistas se construyeron a partir de sociedades atrasadas, muy alejadas de la productividad media del capital mundial. El problema de la pobreza extrema fue, para Rusia, China y casi todos los socialismos “reales”, el principal legado pre-revolucionario. El socialismo fue, entonces, más un reparto más o menos equitativo de la miseria apenas mitigado por la promesa del desarrollo acelerado, que el disfrute de una cornucopia inexistente.
Sin embargo, el futuro se nos acerca a gran velocidad. La abundancia para pocos, en el capitalismo, se construye sobre un piso de fuerzas productivas infinitamente más elevadas que cualquier cosa antes vista. Hace ya casi medio siglo que Marcuse proclamó el fin de la utopía. Se apoyaba en la constatación evidente de que la posibilidad del socialismo, del mundo de la abundancia, ya existía entre nosotros. Que el trabajo se extinguía ante nuestros propios ojos. “Eso es imposible, siempre habrá que trabajar”, me contestó esta alumna tan obsesionada con el statu quo. Y sin embargo, es así.
En el mundo capitalista, ningún burgués tiene asegurada su supervivencia, a menos que vaya al mercado y venda. Realizada la plusvalía, volverá contento a su casa sólo para constatar que los amenazados por su éxito ya han tomado medidas para enfrentar al insolente. Es la actividad que se llama competencia. Los capitalistas se agreden unos a otros, porque es la única forma de asegurarse el futuro individual. El principal instrumento de esta guerra de todos contra todos, es la tecnología. Esta es la razón de la fabulosa capacidad expansiva del capitalismo. La tecnología permite caídas sistemáticas y prolongadas de precios por la vía de reemplazar trabajo humano por implementos mecánicos. Dicho de otra manera: la revolución de la ciencia y la técnica tienen por consecuencia la multiplicación de la productividad del trabajo. En criollo y simplificando en extremo: más máquinas, menos obreros. Pero es el trabajo humano el que crea la plusvalía, el corazón de la ganancia capitalista. Si hay menos trabajo humano, hay menos plusvalía. Para el capitalista individual será un negocio: ahorrará en salarios y multiplicará sus ventas, de modo que compensará la menor producción de plusvalía por la vía de amputársela a sus competidores. El conjunto de los capitalistas deberá imitar al atrevido, innovando ellos también. En ese momento, la tasa de ganancia caerá para todos sin posibilidad de compensación alguna. Si no hay ganancia no hay inversión porque los capitalistas no producen para el consumo sino para la ganancia. Lo que era maravilloso para el capitalista individual, resultará desastroso para el sistema en su conjunto, que entrará en una crisis sistémica de largo plazo. La expansión de la productividad y la consiguiente liberación del tiempo, en lugar de resultar en más libertad, culmina en crisis, guerras, hambre, devastación. En una sociedad no capitalista, donde se produzca para el consumo y se planifique conscientemente, cada ganancia de productividad daría por resultado tiempo libre.
Efectivamente: dado que el trabajo humano, junto con la naturaleza, son las fuentes de la riqueza humana, todo avance de productividad elimina tiempo de trabajo necesario en la producción. Este fenómeno sucede todo el tiempo delante de nuestras narices, porque el propio capitalismo procede a eliminar, a abolir, el trabajo. Dicho de otra manera, el capitalismo crea las bases materiales de la libertad humana. Su realización requiere, sin embargo, de la abolición de estas mismas relaciones.

Eduardo Sartelli