Con una candidata a presidente por una coalición de izquierda debatimos, en un colegio del conurbano y hace una década, sobre varios temas, en particular sobre uno que la dejó perpleja, porque pensó que en ese, seguro íbamos a coincidir. La candidata dijo: “Porque, y en esto seguro vamos a estar de acuerdo con Eduardo, ¿qué es el socialismo? Que todo el mundo tenga trabajo.” Respondí que no, que la esencia del socialismo era no trabajar. Que el socialismo se construye sobre la abolición del trabajo y la superación de la necesidad, es decir en el reino de la abundancia. No hay libertad sin abundancia. La libertad es, antes que el resultado de una forma de gobierno, así sean los soviets, la consecuencia de un grado elevado de desarrollo de las fuerzas productivas. La mayor y mejor de las democracias (que sigue siendo una dictadura, como bien lo explicó Lenin) no puede sino hundirse en el reino de la necesidad: es ésa, y no otra, la razón por la que Lenin y Trotsky se transmutan en Stalin. Esa es la razón por la que toda sociedad antes del capitalismo y el capitalismo mismo inmolan sus promesas iniciales en aras de nuevas dictaduras de clase. El comunismo primitivo se salvó de tal destino por incapacidad. Los “hombres de las cavernas” (y las mujeres, no hay que olvidarse de la Raquel Welch de Un millón de años antes de Cristo) no eran mejores que nosotros, simplemente no tenían la posibilidad de ser peores. La expansión de esa posibilidad significó un salto cualitativo en el desarrollo humano: las sociedades de clase son un avance notable y su éxito consiste en la capacidad de gestionar la necesidad. La especialización exitosa de las funciones sociales derivó, invariablemente, en el ejercicio concentrado del poder. El ejercicio concentrado del poder, a su vez, se expresó y permitió un acceso diferenciado al consumo: para que todos sobrevivieran era necesario que unos pocos alcanzaran las más elevadas posibilidades de consumo social. La riqueza, concentrada en pocas manos, fue, hasta hoy, hasta el capitalismo, la precondición necesaria del dominio humano acrecentado sobre la naturaleza. La expansión de las potencias humanas se valió de la desigualdad. Lo que distingue al capitalismo es la creación de las condiciones materiales para la libertad humana generalizada. Es, en este sentido, el fin de la prehistoria humana. Su gran logro es la abolición del trabajo. Cuando decimos que luchamos por el socialismo, decimos que lo hacemos por un mundo en el cual el trabajo sea abolido. No luchamos para trabajar (para eso está el capitalismo). Luchamos para no trabajar…
Eduardo Sartelli